jueves, 14 de noviembre de 2024

61 - ¿Batalla Final? - Abyss 7ª parte .

 La noche se cernía como un manto de sombras sobre el campo de batalla, la oscuridad comenzando a engullir los últimos vestigios de luz. Llevaban ya casi 14 horas inmersos en una lucha feroz, cada segundo marcado por el eco de los gritos y el choque de poderes. Desde lo alto de la colina, Morgana observó el avance inexorable de Lady Macbeth, su figura envuelta en un halo ominoso. La bruja buena, siempre tan firme, dejó escapar una lágrima que se deslizó por su mejilla, un presagio de la devastación que se avecinaba. Sabía que el futuro de todos pendía de un hilo, y cada lágrima era una súplica a las fuerzas que aún parecían ausentes.

Gato, consumido por la desesperación, comprendió que la situación era crítica. Sin pensarlo dos veces, se volvió hacia Morgana y le susurró, “No puedes intervenir.” Su voz se perdió entre el estruendo de la batalla mientras se lanzaba hacia el laboratorio, anhelando reunirse con su hermano Ackolyt. Pero Macbeth, siempre un paso adelante, conjuró portales oscuros que se interponían entre él y su destino. A través de esos portales, una réplica espectral de Ackolyt agonizaba, desangrándose en un ciclo tortuoso, retorciendo el corazón de Gato con cada quejido. La desesperación lo consumía, cada intento de avanzar se veía ahogado por la angustia.

“¿Aguantarás?” Gato telepáticamente alcanzó a su hermano, su mente envuelta en la tensión palpable del momento. “O, si es necesario, ¿podrías teletransportarte junto a mí?” La respuesta de Ackolyt llegó como un susurro en medio del caos. “Si yo no puedo, Yrihan lo hará por los dos. Pero creo que puedo hacer algo más, ahora tú te teletransportaras con tanta eficacia como lo hago yo”

 Las palabras sonaron como un eco de esperanza, pero el tiempo se deslizaba entre sus dedos como arena. Lady Macbeth los mantenía separados, un juego macabro que alimentaba su malicia.

Los Extraños se reagrupaban en el oscuro borde del campo de batalla. Verde Mágico y Gato intercambiaron una mirada que decía más de lo que las palabras podrían alcanzar: estaban preparados para enfrentar lo que fuera, aunque eso significara perderlo todo. En el horizonte, las sombras de Grendel, Sherezade y  Mac Abrian se destacaban, avanzando con una parsimonia escalofriante, como si fueran conscientes de que la victoria estaba a su alcance. La tensión era tangible, un peso que aplastaba los nervios y oprimía la respiración de todos los presentes.

La figura de Kaliste se alzaba en el centro, como una diosa oscura en su altar de acero oxidado. Con la frialdad de un general curtido, daba órdenes a sus Nefandores, su escuadra de élite. Cada gesto suyo era un mensaje de condena. Con un simple movimiento de su mano, levantó un muro de agua, un escudo casi impenetrable que danzaba a su alrededor. Bajo su control, los fragmentos de escombros flotaban en el aire, esperando la orden de atacar.

Mientras tanto, Mondstroid, el imponente y silencioso pilar del equipo, aguardaba en la retaguardia, los músculos tensos, listo para desplegar su fuerza descomunal en el momento adecuado. A su lado, Azael y Vogue se preparaban, sus rostros sombríos y decididos. Cuarzo, envuelto en un aura de concentración. Cada uno de ellos sabía que la supervivencia dependía de su sincronización y su capacidad de adaptarse a las tácticas de Kaliste.

Entonces, el primer ataque se desató. Kaliste extendió un brazo y, sin pronunciar una palabra, envió una ráfaga de escombros en dirección a las tropas de Destiny’s, que se esforzaban por mantener su precario perímetro defensivo en lo que alguna vez fue una escuela. Cada trozo de concreto, cada fragmento de vidrio se convertía en un proyectil mortal, cortando el aire como cuchillas envenenadas.

Verde Mágico y Gato avanzaron hacia el frente, la determinación y el sacrificio escritos en sus rostros. No había margen para el error. Verde Mágico comenzó a canalizar una energía que rodeaba su cuerpo en un fulgor etéreo, sus manos emanaban destellos verdes que parecían palpitar con vida propia. Gato, por su parte, se desplazaba con la agilidad de una sombra, sus movimientos calculados, letales. Sabía que un solo error en este enfrentamiento significaría la muerte para él o para alguno de sus compañeros.

La confrontación era inminente.

Los Nefandores, como los había llamado, eran su escuadra de élite, y Kaliste, con un solo movimiento de su mano, desató sus poderes. Un campo impenetrable se alzó a su alrededor, una muralla de agua manipulada con una precisión inquietante. Convertía los escombros en proyectiles mortales, lanzándolos hacia las tropas Destiny’s que habían desplegado un perímetro defensivo alrededor de lo que quedaba de la escuela. La batalla alcanzaba su clímax, cada choque resonando como un latido violento en el pecho de la noche.

La oscuridad era densa, casi tangible, envolviendo el campo de batalla con una tensión asfixiante. Todo indicaba que el desenlace sería un espectáculo brutal, una masacre inevitable. Desde su altura, Kaliste observaba la escena con una frialdad inhumana. Con un simple gesto de su mano, ordenó a sus peones —los Nefandores más débiles— precipitarse contra las fuerzas de los héroes. Eran entidades espectrales, una mezcla entre seres no-muertos y sombras errantes. Entre ellos, los Devoradores de Almas destacaban por su aspecto etéreo, aunque en su mayoría no representaban una amenaza real; eran carne de cañón, usados para desgastar a los Extraños y desatar el caos antes del verdadero golpe. Kaliste los desechaba con crueldad calculada, murmurando solo dos palabras: "daño colateral."

En un instante, el caos se desató. Los Nefandores se lanzaron a gran velocidad hacia las defensas de Destiny’s, formando una oscura y frenética marea de cuerpos espectrales. Desde las filas defensivas de la escuela, los miembros de Destiny’s respondieron con una lluvia de ataques. Poderes cruzados surcaban el aire, impactando en los primeros Nefandores que caían convertidos en una mezcla de cenizas y humo que se dispersaba al viento. Pero por cada espectro que se desvanecía, dos más ocupaban su lugar, logrando atravesar las barricadas.

La lucha cuerpo a cuerpo era una escena espantosa. Profesores y alumnos se defendían con desesperación, enfrentando la fuerza fantasmal de los Nefandores. El aire se llenaba de gritos, de lamentos ahogados por el estruendo de los poderes enfrentándose. En medio de la batalla, Sherezade se movía como un espectro en sí misma. Con solo un parpadeo, sus habilidades psíquicas atravesaban la mente de sus oponentes, derribándolos sin necesidad de contacto. Cayeron varios con un vacío en sus miradas, como si sus almas hubieran sido arrancadas sin piedad.

Mientras el caos arrasaba las filas defensivas de Destiny’s, algunos Nefandores encontraron las brechas y avanzaron hacia el edificio principal. Sus formas espectrales se deslizaban con una intención siniestra hacia la Biblioteca Mágica, . Allí se alzaba la Biblioteca Mágica de la escuela, una reliquia que contenía los libros de magia de Morgana, los mismos que Kaliste ansiaba.  Desde la distancia, Kaliste, como una ejecutora implacable, alzó los brazos y manipuló el agua a su alrededor, invocando cañones de agua a presión que surgían del suelo y se disparaban como proyectiles. Cada impacto era un golpe violento contra el edificio principal, una amenaza constante para quienes intentaban defenderlo.

Verde Mágico y Gato estaban al frente de combate. Verde Mágico avanzaba a través de las líneas enemigas, sus habilidades físicas y canabíneas amplificadas al límite. Su fuerza era devastadora; cada Nefandor que se cruzaba en su camino caía destrozado. Los fragmentos de espectros espectrales se disolvían al contacto con sus golpes, esparciéndose en el aire como cenizas. Con su brutalidad, Verde Mágico abría un sendero, dominando el campo con una ferocidad que reflejaba su determinación de no dar tregua. Sus poderes cannabinoides, Afortunadamente tenían un efecto letal sobre los Nafandores. 

Gato, por otro lado, se centraba en sus poderes meteorológicos. En un movimiento letal y preciso, invocó una tormenta. Desde el cielo, una serie de rayos cayó sobre el campo, impactando en los Nefandores y electrocutándolos en una ráfaga de luz y poder. Aquellos que intentaban acercarse quedaban inmovilizados, sus figuras espectrales desintegrándose en el suelo.

Mientras tanto, una confrontación titánica se desataba entre Azael y Mac Abrian . Antiguos compañeros ahora convertidos en enemigos, se enfrentaban cara a cara en un duelo que exudaba tensión y odio acumulado. Mac Abrian  levantó sus manos y, con su dominio sobre la luz divina, lanzó enormes columnas de luz que destellaban con una intensidad cegadora, tratando de envolver a Azael en una prisión de fuego sagrado. Pero Azael reaccionó de inmediato, conjurando murallas de hielo que se alzaban para protegerlo, sus barreras cristalinas resistiendo la embestida con firmeza.

El calor de la luz divina creció hasta alcanzar una intensidad abrumadora, fundiendo estructuras de metal cercanas. Azael, forzado al límite, dejó de contenerse. En un estallido de energía, adoptó su forma Nephilim: sus alas de cristal de hielo iridiscente se desplegaron, irradiando un brillo hipnótico que contrastaba con el fuego de Mac Abrian . En su forma completa, Azael se movía con una velocidad devastadora, sus alas cortando el aire como cuchillas. Desplegaba un poder que nunca había mostrado hasta entonces, ahora imparable y resistente al ardiente calor.

En un último movimiento decisivo, Azael aprovechó un descuido de Mac Abrian . Con precisión mortal, lanzó una ola de frío que envolvió a su enemigo, congelando su cabeza en un instante. Mac Abrian  cayó al suelo, incapacitado, con una expresión de incredulidad en el rostro. Ante él, Azael emergía triunfante, su figura resplandeciente en la penumbra, mostrando el verdadero alcance de su poder.

En un ala de la instalación, Vogue se enfrentaba al monstruoso Grendel, el esbirro imparable de Kaliste, enviado con una misión precisa: hacerse con los libros de magia de Morgana. El cuerpo imponente de Grendel atravesaba paredes y puertas como si fueran de papel, avanzando hacia Vogue con una brutalidad imparable. Vogue, sin perder el ritmo, esquivaba cada embate, sus movimientos veloces y calculados. Sabía que no podría derrotarlo en combate directo, pero tenía la ventaja de la agilidad. Con cada giro, dejaba a su paso rastros de humo y llamas, pequeñas explosiones que chisporroteaban en el aire, obligando a Grendel a retroceder momentáneamente para sacudirse el fuego que parecía reacio a extinguirse.

La persecución los llevó por pasillos destruidos, donde cada choque resonaba con la violencia de una guerra contenida en paredes de concreto. Vogue, con la destreza de quien entiende perfectamente su entorno, ideó su estrategia final: guiar a Grendel hasta la sala del sistema Madre de la escuela, un lugar altamente custodiado con dispositivos de seguridad de último nivel y drones asesinos de respuesta automática. Con un último desvío calculado, Vogue se lanzó hacia la sala y se deslizó con rapidez fuera de su radio de acción. Grendel, ciego de furia, irrumpió en la zona de seguridad, activando cada defensa. En cuestión de segundos, los drones y cañones defensivos lo rodearon y comenzaron a disparar sin tregua, abatiéndolo en una tormenta de balas y descargas eléctricas. Aprovechando la oportunidad, Vogue tomó los libros de Morgana y desapareció en la penumbra, asegurándolos en un lugar inaccesible para Kaliste.

A poca distancia, en otro sector de la batalla, Camaleón se enfrentaba cara a cara con Kaliste. El ambiente era denso, cargado de tensión y energía. Kaliste, segura de su dominio, arrojaba proyectiles de agua a presión, cada uno de ellos capaz de destrozar estructuras. Pero Camaleón, con su fuerza y agilidad sobrehumanas, esquivaba cada ataque, moviéndose con una precisión que rozaba lo letal. Kaliste sonreía con la confianza de quien cree que la victoria es solo cuestión de tiempo, pero Camaleón tenía un plan bien trazado.

En un momento de distracción, Camaleón logró aproximarse lo suficiente, su cola serpenteante como un látigo mortal. En un movimiento rápido, la enroscó en torno a Kaliste, fijándola en un abrazo mortal. Con una mirada fría y concentrada, dejó que sus toxinas fluyeran desde su lengua y garras hasta su presa, neutralizando a Kaliste con un veneno sutil y devastador. La bruja, incrédula, sintió el peso de la derrota al notar que su cuerpo comenzaba a fallarle. En un segundo de desesperación, sus ojos se abrieron de par en par, la comprensión de su fracaso reflejada en su mirada antes dominante. Kaliste no entendía como alguien inferior a su poder la había derrotado. 

La batalla parecía finalmente inclinarse a favor de los Extraños, hasta que Azael, después de una vida entera restringido a su forma humana, desató por completo su poder Nephilim. Una energía helada y devastadora emanaba de él, irradiando frío puro, absoluto, un cero implacable que empezó a consumir todo a su alrededor. El suelo bajo sus pies se cubría de una capa de escarcha, los escombros se cristalizaban en hielo, y los Nefandores más cercanos caían congelados, sus cuerpos fragmentándose en mil pedazos en el suelo. Incluso los héroes y sus aliados, aterrados, retrocedían ante la magnitud de la destrucción. El aire se volvía tan gélido que respirar se convertía en un acto de pura voluntad.

Gato, sin embargo, comprendió la gravedad de la situación. Él, y solo él, poseía una conexión tan profunda con Azael que podría acercarse lo suficiente para intentar contenerlo. Un estremecimiento recorrió su cuerpo cuando sintió la helada marea alcanzarlo, un frío que iba calando hasta sus huesos. Con cada paso que daba, su piel comenzaba a agrietarse, y un dolor abrasador recorría su cuerpo. Sin comprenderlo del todo, un fuego violeta empezó a envolverlo, una llama extraña que contrarrestaba apenas el frío, permitiéndole seguir adelante.

Lejos, Ackolyt, conectado telepáticamente a su hermano, percibió el sacrificio que Gato estaba haciendo y susurró en su mente, casi en un murmullo: “Es la llama del amor...” Pero Gato no podía distraerse. Avanzaba, desafiante, soportando el dolor y el hielo que quemaba como fuego, cada paso impulsado por una determinación tan feroz como el mismo frío que intentaba abatirlo.

Finalmente, Gato se acercó a Azael, quien, envuelto en su propio poder, era una figura casi irreconocible, un ser etéreo de hielo y energía desatada. En un momento de breve lucidez, Azael alzó la mirada, y, con una voz quebrada y distante, le rogó a Gato que lo detuviera, una súplica desgarradora que rompió la helada tensión entre ellos.

Sin dudar, entre lágrimas y dolor, Gato tomó a Azael entre sus brazos y lo besó. El contacto hizo que el tiempo pareciera detenerse; la furia del frío cesó de repente, y el cuerpo de Azael comenzó a relajarse, el hielo se disolvió en una cálida neblina, y la tempestad congelante dio paso a un instante de paz. Y todo el frio se detiene. Es ahí cuando Azael en ese beso de amantes Vuelve a su estado normal. 

Kaliste y los Generales de Lady Macbeth, entre ellos Ank Apokh’teg, el temido Avatar de Apofis —la deidad de la oscuridad y el caos del antiguo Egipto—, habían transformado la ciudad en un vasto campo de ruinas. Con un poder que parecía ilimitado, Ank Apokh'teg, movido por la influencia de Apofis, desmanteló la ciudad más cercana a la Escuela Destiny, erigiendo una pirámide de proporciones colosales en el corazón de la devastación. Desde el punto más alto de esta estructura, Kaliste, envuelta en un campo de energía que vibraba con una intensidad insana, manipulaba las corrientes acuosas de la zona, generando oleadas de destrucción que no solo arrasaban la isla, sino que amenazaban con hundir las ciudades circundantes en una catástrofe inminente. Las masas de agua, levantadas a su antojo, arrasaban edificios, arrancaban puentes y desmoronaban estructuras enteras, mientras ella parecía inalcanzable, coronando su obra destructiva con una calma inquietante.

En una base improvisada de Destiny, Shakara, Plata Infernal, Gato y Mondstroid observaban en silencio la devastación. La isla, desmoronándose literalmente, reflejaba el poder letal que Kaliste y Ank Apokh’teg habían desatado. Plata Infernal, consternada por el nivel de destrucción, sentía el temor anidarse en su pecho. A pesar de sus propios poderes, no estaba segura de poder enfrentar la magnitud de los rivales. Sin embargo, detenerlos era su única opción. La situación exigía una reacción inmediata, y los Extraños no podían permitirse la duda.

Gato, comprendiendo la urgencia, empleó su recién adquirido poder de teletransportación, un don que había intercambiado con Ackolyt gracias a su conexión psíquica de gemelos. Aprovechando esta habilidad, se materializó junto a Plata Infernal y Shakara en el interior de la pirámide que Ank Apokh'teg había levantado. El lugar, oscuro y opresivo, parecía tener vida propia; las paredes vibraban con una energía ominosa, como si Apofis en persona estuviera aguardando en las sombras.

Mientras tanto, Camaleón, en la base, ajustaba sus armas y su indumentaria, preparándose para el combate directo. Sabía que la lucha sería brutal y estaba listo para ello, pues su naturaleza lo empujaba a confrontar el peligro sin mirar atrás.

Dentro de la pirámide, un macabro hallazgo los esperaba: Halloween Jack, atrapado en un campo de energía, inconsciente y vulnerable. Ank Apokh'teg planeaba utilizar el cuerpo de Jack para un ritual oscuro, un vínculo entre Apofis y el manipulador de realidades. Aquel siniestro ritual permitiría a Apofis transferir su conciencia al cuerpo de Halloween Jack, aprovechando la habilidad de éste para distorsionar la realidad a voluntad. Los Extraños comprendieron de inmediato la gravedad de la amenaza: si Apofis tomaba posesión del cuerpo de Jack, todo, incluida la esencia misma de la realidad, correría el riesgo de ser consumido en el abismo.

Los Extraños avanzaban en el oscuro laberinto de la pirámide, con Gato usando su teletransportación para esquivar las trampas y resquicios infernales del lugar. El ambiente se tensaba con cada paso, y no pasaron mucho tiempo antes de que se encontraran frente a Sherezade, quien se interpuso en su camino, protegiendo la entrada al núcleo de la pirámide. Su mirada fría y calculadora anticipaba la ferocidad del combate que estaba a punto de desatarse.

Sherezade, con habilidades psíquicas y letales destrezas de combate, enfrentó a Mondstroid y Plata Infernal en un enfrentamiento violento. Sus movimientos eran precisos, acrobáticos, su cuerpo parecía danzar mientras lanzaba golpes y patadas con la frialdad de una asesina experimentada. Mondstroid, aprovechando su fuerza y agilidad superiores, soportaba cada embate con esfuerzo, mientras Plata Infernal levantaba escudos de energía telequinética, desviando algunos de sus ataques y creando pequeñas brechas para lanzar golpes de contrataque. Aun así, Sherezade les hacía frente con una destreza apabullante, evadiendo con gracia cada intento de contención.

Cuando la batalla se volvía más desesperada, Gato intervino. Su cuerpo irradiaba un fuego violeta inusual, una manifestación de poder que no terminaba de comprender del todo. Sin dudar, utilizó su habilidad y atacó a Sherezade, golpeándola con una explosión de energía que la desconcertó. Aprovechando su confusión, teletransportó a Sherezade fuera del campo de batalla, despejando el camino hacia el centro de la pirámide.

En el interior, Ank Apokh'teg estaba ya en la fase crucial del ritual de posesión. Halloween Jack, atrapado en un trance hipnótico, parecía perder cada vez más control sobre su cuerpo y su esencia mientras el espíritu oscuro de Apofis comenzaba a tomar dominio. La pirámide temblaba levemente al intensificarse el proceso, y el aire estaba cargado de una energía oscura que casi podía palparse. Halloween Jack, débil e indefenso, sufría los estragos de la transferencia, sus propias habilidades desmoronándose y consumiéndolo desde adentro.

Shakara, sin perder un instante, aprovechó un momento de distracción de Ank Apokh’teg y se lanzó al ataque. En una embestida electrizante, golpeó a Ank Apokh'teg con descargas de alto voltaje, moviéndose con velocidad casi imperceptible. Por un instante, parecía que la feroz ofensiva de Shakara lograba desestabilizarlo. Sin embargo, Ank Apokh'teg, con una frialdad sobrenatural, concentró su poder y ralentizó el flujo del tiempo, atrapando a Shakara en un retorcido instante de vulnerabilidad. Con una calma despiadada, y con un movimiento brutal, torció la pierna de Shakara con una fuerza descomunal, rompiéndola sin piedad.

La dureza de la fractura y el grito ahogado de Shakara hicieron tambalear la confianza de los Extraños. La situación había llegado a un punto crítico; frente a la brutalidad de Ank Apokh'teg y la ominosa presencia de Apofis, la posibilidad de derrota parecía inminente.

Mientras el caos continuaba dentro de la pirámide, los Extraños restantes, liderados por Plata Infernal y Mondstroid, se encontraron cara a cara con Erizo de Sangre. Su enemigo se movía con una brutalidad desmedida, desplegando espinas y garras metálicas que parecían cuchillas forjadas en el mismo abismo. Cada ataque de Erizo de Sangre era feroz, casi imparable, y la batalla se convirtió en un frenesí de acrobacias aéreas y explosiones de poder que llenaban el aire de un eco siniestro.

Gato, evaluando cada segundo con precisión, consiguió teletransportarse junto a sus compañeros y a Halloween Jack, sacándolos fuera de la pirámide justo cuando Ank Apokh'teg estaba a punto de completar el proceso de transferencia espiritual de Apofis. Había sido una maniobra arriesgada, pero lograron salir en el último momento, salvando a Jack del destino aterrador que le aguardaba.

Con la batalla al borde de desmoronarse y el resto de los Extraños debilitados, Plata Infernal y Halloween Jack decidieron tomar el riesgo definitivo: penetrar en la mente de Ank Apokh'teg. La lucha que siguió se desarrolló en un vasto y opresivo espacio mental, donde cada imagen y pensamiento tenía el peso de una realidad aplastante. Al principio, Jack y Plata parecían tener una pequeña ventaja, esquivando las trampas mentales y aprovechando cualquier brecha en la defensa psíquica de su enemigo. Pero Ank Apokh'teg, tan poderoso en la mente como en el plano físico, pronto demostró ser un adversario implacable, y comenzó a doblegarlos con una facilidad escalofriante.

Plata, dándose cuenta de la única alternativa que les quedaba, formó una conexión mental entre Gato y Azael, y les comunicó una verdad que sabían ineludible: Azael debía liberar todo su poder nuevamente. Gato dudaba; sabía lo devastador que podía ser el poder Nephilim de Azael y temía por los demás. Pero, tras un intercambio de miradas cargadas de amor y resignación, ambos aceptaron la responsabilidad. Era la única oportunidad.

Azael se elevó lentamente, rodeado por una helada aura celeste, desplegando sus alas de escarcha con un resplandor casi sobrenatural. Gato, viéndolo envuelto en aquella fuerza implacable, sintió una mezcla de atracción y sobrecogimiento. Azael, en toda su magnificencia, era la imagen misma de una divinidad inalcanzable. Gato veía a su novio tan guapo y atractivo que por una fracción de segundo olvidó el apocalipsis que estaban viviendo, Desde el aire, Azael comenzó a desatar un frío abismal que calaba hasta los huesos. La temperatura descendió drásticamente, y el ambiente se llenó de una neblina helada que consumía todo lo que tocaba. Por primera vez, Ank Apokh'teg, el ser que representaba la destrucción encarnada, mostraba miedo en sus ojos.

Entonces, en un solo grito silencioso de poder, Azael liberó toda su energía congelante, que se transformó en una tormenta de hielo celestial, envolviendo a Ank Apokh'teg. El general, atrapado en la furia de aquel poder, apenas tuvo tiempo para un último grito antes de quedar convertido en una estatua congelada, destruido en un estallido de cristales de escarcha que se desvanecieron en el aire.

Pero esta vez, Azael no se dejó consumir. Poco a poco, controló el desborde de su poder y descendió, regresando a su estado humano, sereno. Gato corrió hacia él, sin importar el agotamiento, y se arrojó en sus brazos. Se besaron en un acto de amor y alivio, sus cuerpos temblando, conscientes de la amenaza aún latente.

Sin embargo, el tiempo jugaba en su contra. Gato miró a su alrededor y supo que no podían quedarse. Lady Macbeth les pisaba los talones, y cada segundo era vital. Con un último abrazo, Gato se despidió de Azael y, sin mirar atrás, emprendió la carrera para reunirse con su hermano Ackolyt, sabiendo que el siguiente enfrentamiento definiría el destino de todos ellos.

No muy lejos de allí , En medio del caos, Medusa corría entre el fuego y las ruinas, desesperada por poner a salvo a los pocos civiles que aún quedaban atrapados.  Mientras Medusa corría entre los restos de la ciudad, llevaba consigo el peso de la batalla en sus músculos, agotados y frágiles tras el drástico drenaje de poder causado por el traidor  P.E.M.M., el pulso electromágico que había barrido la zona horas antes. Sus habilidades estaban debilitadas, y cada movimiento le costaba un esfuerzo monumental. A pesar de ello, no se detuvo al ver a la familia atrapada en el caos, ayudándolos a escapar hasta un punto seguro.   Había logrado guiar a una familia hacia un refugio temporal, pero al girar la cabeza, vio cómo el niño más pequeño se había quedado rezagado. Sin pensarlo, se lanzó hacia él, lo levantó en sus brazos y comenzó a correr, esquivando escombros y columnas de humo.

Entonces, un zumbido desgarrador irrumpió en el aire: una de las naves-murciélago enemigas había fijado su objetivo en ellos. La ráfaga de fuego láser descendía implacable, iluminando el cielo como una sentencia de muerte. Medusa sabía que no podía detenerla, apenas le quedaba energía para cubrir al niño con su propio cuerpo, en un último acto de desesperación. Las balas de energía rasgaban el aire cada vez más cerca, y ella, con el pulso latiendo en las sienes, solo podía apretar al niño, preparándose para el impacto.

Pero entonces, en una fracción de segundo, una figura se interpuso en el trayecto del disparo. Shakara apareció de la nada, moviéndose a una velocidad imposible. Con una precisión instintiva, se colocó frente a Medusa, su escudo eléctrico vibrando en un intento por contener la devastación. Giró el rostro hacia Medusa, y con una sonrisa tenue, susurró: "Cuando uno vive, vivimos todos".

En ese instante, los láseres atravesaron el escudo y se estrellaron contra Shakara. La descarga de energía la impactó de lleno, rasgando su cuerpo con una intensidad brutal, no sin que antes Shakara dirigiera por última vez sus chispas de plata y derribara la nave. Medusa solo pudo observar en silencio, petrificada, mientras Shakara caía. Sus manos, que hasta hacía un segundo sostenían el campo eléctrico, ahora temblaban inertes, incapaces de sostenerse a la vida que escapaba de su cuerpo. La sonrisa de despedida aún dibujaba en su rostro un rastro de paz, como si hubiera cumplido su propósito en ese último segundo.

Medusa cayó de rodillas junto al cuerpo inmóvil de Shakara, abrazando al niño que acababa de salvar. Los sonidos de la batalla se desvanecieron en su mente; solo existía la fría inmovilidad de su amiga, una presencia desgarradora que, en segundos, había cambiado sus vidas para siempre. La onda de choque psíquica de Wonder-Guy recorrió a los demás Extraños, transmitiendo el dolor de la pérdida de Shakara. Fue un golpe crudo, un eco de desesperanza que todos sintieron como un vacío repentino en sus corazones.

Medusa alzó el rostro, con los ojos llenos de lágrimas, sin comprender aún la magnitud de lo que había ocurrido. Shakara, la que siempre llegaba con una broma, con una sonrisa confiada… ahora yacía frente a ella, víctima de una decisión que solo una verdadera heroína habría tomado.

CONTINUARA…

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