jueves, 14 de noviembre de 2024

56 - ¿Batalla Fina? Abyss parte DOS:

 EN EL CAPÍTULO ANTERIOR; en medio de este caos, Spur, conocido como Jordi Sala, tomó una decisión heroica, aunque trágica. Consciente de que su vida estaba en juego, optó por destruir al gigante de hielo, sacrificándose en el proceso. La escena era emocionalmente intensa, un último adiós cargado de amor y resignación, que dejó a Wonder-Guy al borde de la desesperación. Cuando comprendió las intenciones de Spur, intentó detenerlo, pero la inercia del sacrificio ya estaba en marcha. La explosión final de Spur, que logró destruir al gigante, marcó un hito en la lucha, pero el costo fue su propia vida. La pérdida de Spur dejó a Wonder-Guy devastado, un corazón roto en un mar de dolor, abrazado por Hidra, quien fue testigo del terror.

Ahora,

 mientras el equipo se reorganiza, la tensión no da tregua. Un dragón rojo emerge de un portal, una bestia gigantesca que combina la ferocidad de un jabalí con la majestuosidad de un dragón. Su piel, dura como el acero, brilla con un brillo ominoso mientras atraviesa la ciudad con un rugido ensordecedor. Las armas convencionales parecen ineficaces, aumentando la desesperación entre los héroes. En este momento crítico, Destroid y Lady Fire forman una alianza formidable. Lady Fire, con su poder de fuego, vuela hacia el dragón, golpeándolo en el rostro con magia oscura, haciéndolo tambalear. Sin embargo, su resistencia es asombrosa. En ese instante, Destroid, con una furia desatada, se lanza hacia el dragón, elevándose por los aires. Con un puñetazo devastador, impacta al dragón rojo, haciéndolo desplomarse y arrastrar edificios a su paso en una explosión de escombros y caos. Las calles se convierten en un campo de batalla, llenas de desolación, con inocentes heridos tratando de escapar del horror desatado a su alrededor. Los magos, en un intento desesperado por proteger a los civiles, abren brechas dimensionales, buscando una huida rápida, pero a pesar de sus esfuerzos, son asediados por el enemigo.

La situación es crítica, y la unidad del equipo se vuelve esencial para la supervivencia. La lucha continúa, una espiral de destrucción y desesperación, donde cada héroe debe enfrentarse a sus enemigos y a la brutalidad de la guerra que se desata a su alrededor. Un gigante de hielo había arrebatado la vida de Spur, pero no a mucha distancia de eso, Calaus, el novio de Acros, corrió la misma suerte. Otra vida cercenada, otra pérdida desgarradora. Calaus, el gárgola más hermoso y atractivo, fue asesinado por un Jötunn ordinario, una brutalidad que resonó profundamente en Acros y el resto del equipo.

La batalla entre Los Extraños y el ejército de Jötunn, los gigantes de hielo, comenzó en medio de un paisaje desolador. Los gigantes cambiaban el entorno con su mera presencia, haciendo que la noche se desvaneciera ante el tétrico amanecer. La Escuela Destiny, una vez un santuario para héroes y jóvenes prometedores, ahora se convertía en un campo de batalla devastado por los ataques del grupo Abyss, una facción que reunía a todos los villanos bajo un mismo estandarte de oscuridad. Las sombras de los Jötunn, emergiendo de la niebla que ellos mismos habían convocado, añadían un aire de fatalismo a la escena. 

Sus enormes figuras, algunas de hasta 20 metros, se movían con una lentitud intimidante, cubriendo el terreno con una capa de escarcha y frío que parecía despojar de vida a todo lo que tocaban. Las grietas en el suelo dejaban escapar niebla helada, mientras el aire se tornaba cortante y gélido a medida que avanzaban. A la cabeza de la avanzadilla, un gigante particularmente imponente destacaba, con ojos ámbar que brillaban con furia y una presencia que parecía absorber la calidez del entorno. Este ser era un verdadero monstruo, un representante de la cruel magnificencia del hielo. En su mirada se podía ver la promesa de destrucción, y sus movimientos eran un recordatorio constante del poder incontrolable que representaban. Este líder Helado no era un Jötunn mejorado, pero si que era un Jötunn terrible…

La lucha no era solo física; era una batalla de voluntades, donde cada héroe se enfrentaba no solo a los Jötunn, sino a los recuerdos de aquellos que habían caído. En el aire pesado por el dolor y la pérdida, se sentía el peso de las decisiones tomadas y las vidas truncadas. Acros, aún con la imagen de Calaus grabada en su mente, se lanzó hacia el frente, decidido a que el sacrificio de su amado no fuera en vano. En este contexto de desesperación, la unidad del equipo se convertía en su único salvavidas, un bastión contra la oscuridad que amenazaba con devorarlo todo.  Cada acción, cada movimiento, se sentía como un eco de las decisiones pasadas. El campo de batalla se convertía en un escenario donde la desesperación y la esperanza coexistían, y cada héroe debía enfrentarse a la brutal realidad de la guerra que se desataba a su alrededor. La lucha era inevitable, y la victoria, aunque incierta, se convertía en una necesidad apremiante. En medio del caos, los lazos que unían a los héroes se volvían más fuertes, una chispa de luz en un mundo que se oscurecía cada vez más.

Frente a ellos, los héroes de Los Extraños estaban listos. Wonder-Guy (Roberto) lideraba la formación, su mirada fija en la amenaza que se cernía sobre ellos. A su lado, Diatomea (Ágata), rodeada de una leve aura verde, observaba con serenidad pero con una firmeza inquebrantable. Cada héroe sabía que esta batalla no era solo por la escuela, sino por honrar la memoria de Spur y de Calaus, cuya vida había sido arrebatada cruelmente por un Jötunn. El dolor de la pérdida aún ardía en el corazón de Acros, quien también estaba presente, dispuesto a cobrar venganza.

El líder de los Jötunn alzó su báculo de hielo, y con un rugido ensordecedor, una tormenta de nieve descendió sobre los héroes, dificultando la visibilidad y cubriendo todo con un manto de blanco. Sin embargo, Wonder reaccionó con rapidez, creando un enorme campo de fuerza psíquica que repelió la ventisca, protegiendo a su equipo del embate inicial. Dark Flúor e Hidra se alinearon con ellos. A lo Lejos Otros Héroes como FireBird y la Mujer Rana ya estaban combatiendo contra los Gigantes helados.  

—¡Mantened la línea! —telepateó Wonder a sus compañeros mientras el campo de fuerza se mantenía sólido contra el ataque gélido—. No dejéis que se acerquen a la escuela.

Diatomea se adelantó un paso, sus manos extendiéndose hacia el suelo destruido. Con un brillo esmeralda en sus ojos, invocó un enjambre de enredaderas espinosas que brotaron del suelo, extendiéndose con rapidez hacia los gigantes de hielo. Las plantas serpenteaban entre las piernas de los colosos, buscando inmovilizarles y frenar su avance. Aunque las enredaderas chocaban contra las piernas escamosas y duras como la roca de los gigantes, el veneno que liberaban comenzaba a hacer efecto, debilitando la piel gélida de los Jötunn.

Uno de los gigantes, más pequeño pero igual de peligroso, lanzó un grito gutural y se abalanzó sobre Wonder-Guy, levantando sus garras gigantescas. Roberto apenas tuvo tiempo de reaccionar, pero con un movimiento rápido, desvió el golpe con un campo de fuerza psíquica, haciéndolo tambalearse. Aprovechando la apertura, Wonder proyectó un rayo mental concentrado que impactó directamente en la cabeza del gigante, desorientándolo momentáneamente.

Mientras tanto, otro de los gigantes rugió de ira al verse atrapado por las enredaderas de Diatomea. Este, más poderoso, rompió las plantas con un chasquido brutal, avanzando con furia. Pero antes de que pudiera llegar a su objetivo, Diatomea alzó sus manos y una armadura de sílice se formó alrededor de su cuerpo, haciéndola brillar con una luz verde intensa. Los golpes del gigante contra ella eran inútiles, su armadura resistía cada embestida, y en respuesta, las esporas venenosas que Diatomea liberaba debilitaban al coloso lentamente.

En medio de un campo de batalla gélido y desolado, los Gigantes de Hielo avanzan, sus pasos resonando en el suelo helado mientras la atmósfera se llena de un frío penetrante. Dark Flúor e Hidra, ambos miembros destacados de los héroes, se preparan para enfrentarse a esta formidable amenaza.

Dark Flúor, con su cabello morado berenjena brillando intensamente bajo la luz reflejada de la nieve, cierra los ojos y comienza a tocar una melodía vibrante. La música fluye a su alrededor, convirtiéndose en ondas sonoras que resuenan en el aire. Las luces LED de su vestimenta parpadean al compás de la música, creando un espectáculo visual que desorienta a los Gigantes de Hielo.   Hidra, con su piel verde y su cabello rosa, se posiciona a su lado, sus cuatro cabezas emergiendo de la espalda en preparación para el combate. Con un grito de guerra, Dark Flúor, lanza una onda expansiva de sonido provocada por la melodía que hace vibrar el entorno y afecta a los gigantes, generando confusión y desorientación en sus mentes.

Utilizando su Manipulación de la Luz, Dark Flúor transforma el entorno a su favor, creando ilusiones que ocultan su posición y la de Hidra. Las luces brillantes dispersan la atención de los Gigantes, mientras él e Hidra avanzan en silencio. De repente, lanza un Grito Mortal, un grito cargado de energía sónica que provoca una onda de choque que derriba a uno de los Gigantes de Hielo, haciéndolo caer pesadamente al suelo.   Aprovechando la distracción, Hidra se lanza al ataque. Sus cabezas de hydra se mueven con rapidez, atacando a otro gigante con sus lenguas prensiles. La agilidad de Hidra y su capacidad de Camuflaje Camaleónico le permiten acercarse sin ser detectada. Con un movimiento rápido, lanza una de sus lenguas, atrapando la pierna del gigante y enredándolo, mientras sus otras cabezas muerden con fuerza. La presión que ejercen sus mandíbulas carnosas es suficiente para romper el hielo alrededor del gigante, debilitando su postura.

Mientras uno de los gigantes lucha por liberarse de las lenguas de Hidra, Dark Flúor genera un Escudo Musical, creando una barrera sonora que lo protege de los ataques helados que los gigantes intentan lanzar. Al mismo tiempo, comienza a tocar una melodía que induce miedo y confusión en los otros gigantes. Los efectos de su Manipulación Emocional desatan un pánico repentino, haciendo que algunos de los gigantes se giren y comiencen a luchar entre sí.   Hidra, viendo la oportunidad, utiliza su Sentido de Radar para localizar el punto débil de otro gigante. Saltando con su Fuerza sobrehumana, se impulsa en el aire, aterrizando sobre el gigante y causando un impacto devastador. Sus cuatro cabezas atacan con ferocidad, mordiéndolo en múltiples direcciones, mientras Dark Flúor toca una melodía de victoria que resuena a través del campo de batalla, amplificando su poder.

La combinación de las habilidades de Dark Flúor e Hidra se transformó en un espectáculo letal de sincronización y destreza, un ballet de muerte que resonaba en las destruidas paredes de la Escuela Destiny. Cada movimiento era ejecutado con la precisión de un reloj, mientras el caos reinante entre los gigantes se convertía en el escenario macabro de su última danza. La música envolvente de Dark Flúor, una sinfonía de tonos oscuros y vibrantes, guiaba cada paso, cada ataque, cada clamor de venganza. 

Los gigantes de hielo, desafiantes e imponentes, se alzaban como monumentos a la destrucción, pero el ímpetu de los héroes era inquebrantable. Hidra, con sus ojos resplandecientes de determinación, se lanzó sin miedo, desmembrando a sus adversarios en una vorágine de furia. La nieve que caía se teñía de helada sangre azul, y cada golpe resonaba como un eco de antiguas batallas, un recordatorio del sacrificio y la lucha que habían forjado a aquellos guerreros. Su ira no conocía límites, alimentándose del sufrimiento de aquellos a quienes había perdido, mientras los gritos de los gigantes se ahogaban en su desdén.

El momento culminante llegó con la explosión sónica final de Dark Flúor. Un rugido atronador resonó como el clamor de un dios despechado, una manifestación de poder que envió ondas de choque a través de la tierra misma. La escuela tembló bajo la fuerza devastadora, los gigantes fueron lanzados contra el suelo como muñecos de trapo desvanecidos. La escena era apocalíptica: fragmentos de hielo y carne se dispersaban por doquier,  Hidra, inmersa en la locura del combate, sintió cómo su propia esencia se entrelazaba con la del caos. Cada golpe era una liberación, cada desmembramiento, un paso más hacia su redención. La sinfonía de la batalla continuaba, el eco de su furia resonando en la atmósfera mientras la luz de la esperanza brillaba tenue, como una estrella a punto de apagarse.

Pero en ese instante crítico, uno de los Jötunn más imponentes avanzó con una brutalidad aterradora, sus ojos destilaban odio y su risa se perdía en el viento como un eco sombrío. Con un movimiento brutal, atravesó a Hidra con una estaca de hielo, y la agonía de su amada reverberó en los sentidos de FireBird. Sintiendo su sufrimiento psíquicamente, se teletransportó a su lado en un abrir y cerrar de ojos, llevando a Hidra a un lugar más seguro, lejos del horror que la rodeaba. Al reaparecer en el laboratorio de Yrihan, la atmósfera se tornó tensa y opresiva.   Yrihan, con una expresión de urgencia, se acercó rápidamente a Hidra, advirtiendo que perdía una cantidad alarmante de sangre. Sin perder tiempo, le realizó una transfusión de sangre verde, un plasma que emanaba un resplandor místico. FireBird, abrumado por la situación, preguntó, casi en un susurro, de dónde provenía ese líquido vital. La respuesta de Yrihan fue directa y cargada de una oscura revelación: “Es sangre de Ahura…”.

Mientras tanto, el Jötunn que había empalado a Hidra, el mismo monstruo que había asesinado a Calaus y quebrado el corazón de Acros, emergió de las sombras. Su aura de frío emanaba un gélido resplandor que congelaba todo a su paso, y en su rostro se dibujaba una sonrisa cruel, porque disfrutaba de la desolación que había causado. El horror de la escena empujó a Acros a un límite insospechado. Impulsado por el dolor y la rabia, dejó escapar un grito que desgarró el aire.

—¡Esto es por Calaus! —

exclamó Acros, su voz resonando con la fuerza de una tormenta. Se abalanzó sobre el gigante con una velocidad cegadora, el odio y la venganza fusionándose en cada fibra de su ser. La batalla que se avecinaba no era solo por la supervivencia; era un enfrentamiento entre el amor perdido y la ira desatada, una lucha que resonaría en las profundidades del tiempo. 

Mientras tanto, la atmósfera se cargaba de tensión y dolor, el destino de los héroes pendía de un hilo en el frío abrazo de la muerte, y cada elección se tornaba una trampa mortal. La lucha estaba lejos de terminar, y las consecuencias de cada sacrificio y cada acto heroico resonarían más allá de la batalla, marcando para siempre el destino de La Isla de Gracia y de todos aquellos que se atrevieran a enfrentarse a los horrores desatados por los Jötunn.

El gigante, un titán de pesadilla, levantó su enorme brazo, preparado para aplastar a Acros como si fuera una insignificante plaga. La sombra del coloso se cernía sobre él, una amenaza inminente que prometía un final sin compasión. Pero, en el instante crucial, cuando la muerte parecía inevitable, Wonder surgió de las tinieblas, invocando un escudo de energía psíquica que brilló como una débil estrella en la noche. El impacto del golpe fue desviado, y el gigante, sorprendido, se tambaleó, su equilibrio quebrantado como una vela en una tormenta.

Acros, sintiendo la adrenalina arder en su interior, aprovechó la oportunidad. Con un grito desgarrador que resonó en la noche como un eco de venganza, descargó toda su energía en un golpe certero que impactó en el pecho del Jötunn. El coloso retrocedió, aturdido, como si hubiera sido golpeado por un rayo, la confusión y la rabia cruzándose en su rostro. Aún débil por el veneno de Diatomea que corría por sus venas, el gigante cayó de rodillas, la agonía pintando su expresión con un matiz de desesperación.

En un último rugido de horror, como un lamento del inframundo, el gigante intentó levantarse. Sin embargo, Acros, consumido por el dolor y la furia que lo abrazaban, no le otorgó tregua. Con una determinación casi monstruosa, alargó y estiró sus brazos, rodeando la cabeza del gigante con la fuerza de un predador que se lanza sobre su presa. En un acto final de salvajismo y desesperación, destrozó la cabeza del Jötunn, un crujido que resonó en el aire como un sinfónico toque de muerte, vengando así la trágica desaparición de Calaus.

Pero esta victoria, aunque momentánea, no era más que una breve pausa en la sinfonía de la agonía. Ante un contingente de enemigos que aún se acercaba, la satisfacción de Acros se vio ensombrecida por la sombra inminente de la siguiente batalla. Era solo un minuto de paz en un mundo que se desmoronaba, una tregua que se desvanecería como el eco de un grito en la oscura inmensidad de la noche..

No muy lejos de allí

. Apolo  vuela entre los rascacielos, disparando sus potentes rayos sombra oculares para derribar naves Ciber-Golems  y ayudando a los Policías-Brujos  locales a organizar la evacuación de civiles. En un momento dado, realiza una impresionante maniobra, atrayendo a varias naves enemigas para que lo persigan. Las conduce hacia el Castillo de la Reina Titania, y justo cuando las tiene donde quiere, utiliza su  "Unirayo", una proyección simultánea del Rayo Sombra y el Rayo Solar. Este acto fusiona dos fuentes de energía distintas, creando una manifestación de poder aún más formidable. para destruir a todos los adversarios.

En el laboratorio de Yrihan, el ambiente era aséptico y frío, pero a la vez cargado de una intensidad que sólo se sentía en la antesala de una revelación. Hidra, en una camilla de alta tecnología, tenía los ojos entrecerrados, sumida en una agonía que no era sólo física. Yrihan observaba cada fluctuación en su energía vital, cada cambio en sus células mientras la sangre de Ahura, un fluido tan potente como misterioso, obraba en ella una transformación más allá de la regeneración. La recuperación no era meramente rápida; era un espectáculo evolutivo, un milagro de ciencia y magia que, en palabras de Yrihan, "florecía" en cada uno de los genes de Hidra, dotándola de un poder que aún nadie comprendía del todo.

Pero la mente de Hidra no estaba en su transformación, sino en la pérdida desgarradora de Spur. El recuerdo de su sacrificio, de esa última mirada, de ese adiós marcado por la renuncia, se convirtió en una cadena de dolor que cada segundo parecía estrangular su cordura. Algo dentro de ella, algo nuevo y oscuro, comenzaba a hervir, destilando un odio incontrolable. Una ira irracional tomaba el control, tan devastadora como el fuego de su propia magia. No había lugar para la paz; todo en su ser clamaba venganza, una rabia que buscaba desbordarse y consumar su furia contra cualquiera que se cruzara en su camino.

Hidra sintió algo oscuro y diabólico acercándose, una presencia que hizo que cada uno de sus sentidos se encendiera en alerta. Se incorporó de un salto, sorprendiendo a FireBird y a Yrihan, y, sin mirarlos, les advirtió con voz firme que no la siguieran. La determinación en su rostro era inquebrantable, casi aterradora, y ambos sabían que intentar detenerla sería tan inútil como peligroso. 

Mientras avanzaba hacia el exterior del laboratorio, su mirada era la de un depredador acechando a su presa. En sus ojos no había paz ni duda, sólo una ira latente que se convertía en el combustible de una furia contenida, desbordante. Con cada paso que daba por los pasillos desolados de la Escuela Destiny, el crujido de los escombros bajo sus pies resonaba en su mente como una sinfonía de destrucción. Todo a su alrededor reflejaba el caos que también reinaba en su interior, un eco de la devastación que no estaba dispuesta a permitir.

Al cruzar el umbral del edificio, Callawan emergió de las sombras, como si la hubiera estado esperando. Su mirada calculadora se clavó de inmediato en el Trierastrum, el Cristal Fénix que Spur había protegido hasta su último aliento. Para Callawan, aquello no era más que una victoria casi asegurada. Su andar era decidido y arrogante, convencido de que, con Spur fuera del camino, no habría nada que le impidiera tomar el codiciado cristal. Pero su confianza se tambaleó apenas un instante cuando notó a Hidra, cuya presencia irradiaba una energía desconocida, oscura y peligrosa. En su expresión había una determinación feroz, y en sus manos, el poder latente que sentía crecer con cada segundo.

Callawan sonrió con desprecio, como si Hidra fuera un simple obstáculo a derribar. Pero ella mantuvo su posición, los ojos fijos en el hechicero, dejando claro que no tenía intención de retroceder ni de ceder un milímetro. Callawan, un mago temido y ambicioso hasta el extremo, no dudaba en usar su poder sin remordimientos para conseguir lo que deseaba. El Trierastrum, ese cristal que contenía una fracción del poder del mismísimo Fénix, era para él más que un simple objeto; era el siguiente peldaño en su carrera por el poder absoluto.

Para Callawan, la muerte de Spur era una ventaja, una puerta abierta para apoderarse del artefacto. Pero esta vez no estaba solo en la búsqueda, y lo que antes parecía un camino despejado se llenaba ahora de la furia incontenible de Hidra, quien, con cada paso, parecía estar a punto de desatar un poder nuevo y aterrador.

Pero Callawan había subestimado la resistencia que encontraría. Hidra, como una sombra en su camino, se interpuso, bloqueando su paso con una hostilidad palpable que inundaba el aire. El hechicero la miró con desdén, confiado en su capacidad para deshacerse de cualquiera que intentara frenar su misión. Sin embargo, algo en Hidra había cambiado, una amenaza invisible latía en cada fibra de su cuerpo. La transformación que había sufrido no era sólo física; cada centímetro de su ser emanaba una energía que Callawan no pudo ignorar. En sus ojos había una furia helada, y en su postura, una intención de lucha letal que él no había previsto.

—Ese cristal no te pertenece —dijo Hidra, su voz resonando como un rugido contenido—. No permitiré que profanes el recuerdo de Spur.

Callawan soltó una risa burlona, sin hacer caso del peligro en sus palabras. —Tienes agallas, pero no puedes detenerme. Ese cristal es mío por derecho… Y tú, simplemente, no eres rival para mí.

CONTINUARÁ…

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