jueves, 14 de noviembre de 2024

58 - ¿Batalla Final? - Abyss parte 4.

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El mediodía había llegado, pero el sol, en lugar de iluminar un día común, bañaba con una indiferente brutalidad la tierra, manchada por la sangre amiga de aquellos que ya no vivirían para ver el ocaso. El centro de la Isla de Gracia, con su imponente ciudad capital y el majestuoso Castillo de la Reina Titania, estaba siendo desgarrado de su cimiento. La fuerza misma de la tierra parecía gemir, mientras Ares-Marte, dios de la guerra, arrancaba la ciudad como si fuera un juguete, elevándola en una cruel exhibición de poder. La ciudad, suspendida en el aire, giraba sobre sí misma como una amenaza infernal, un augurio de la catástrofe que se avecinaba. Ares-Marte planeaba convertir ese fragmento de tierra en un meteoro de destrucción, una masacre desatada para aplastar toda esperanza.

A lo lejos, Terra, Morgana, Psilocyb, Lady Fire, Hidra, Rain, Destroid, Wonder-Guy y Shakara se preparaban para enfrentarse al dios. El momento era crítico; cada segundo que la ciudad continuara su ascenso acercaba a la isla entera al abismo. A través de sus mentes entrelazadas, una red telepática proporcionada por Colmena, Plata, Wonder-Guy e Yrihan, coordinaban cada movimiento, cada respiración. No había lugar para la vacilación, y sus pensamientos convergían en un único propósito: detener a Ares-Marte y salvar a aquellos civiles atrapados en el caos de la ciudad flotante.

Hércules también estaba ahí. La presencia del semidiós era como una chispa en medio de la penumbra; su fuerza podía equipararse al terror de Ares-Marte, y todos sabían que él sería su arma más valiosa. Las miradas se cruzaban, una mezcla de miedo y determinación los unía en ese último aliento de esperanza. Los civiles corrían despavoridos, perdidos en un laberinto de ruinas y calles desgarradas, tratando de escapar de un destino que parecía inevitable. Ares-Marte había soltado sus perros de guerra: miles de Jinetes Sin Cabeza patrullaban, sin descanso, las ruinas de la ciudad, abalanzándose sin piedad sobre cualquier alma que se interpusiera en su camino. El aire estaba cargado de ceniza y polvo, y el eco de los gritos se mezclaba con el crujir de los edificios que colapsaban bajo el peso de la brutalidad.

La ciudad seguía elevándose, como un sacrificio ofrecido a las manos del dios de la guerra. A medida que los Extraños tomaban posiciones, dispersándose en puntos estratégicos, cada movimiento retumbaba en el suelo, cada pisada era una sombra más que sumaba a la carga que sostenían. Yrihan, suspendido en el aire, contemplaba la escena con una angustia muda. Observaba cómo la ciudad se alzaba cada vez más alto, una montaña de concreto y carne destinada a estrellarse con una violencia absoluta. En su mente, las imágenes de lo que estaba a punto de suceder se sucedían como un desfile macabro. Las vidas de aquellos que aún respiraban dependían de él y sus compañeros. 

Con el corazón acelerado, Yrihan mantenía el contacto con su equipo, su mente calculando a toda velocidad cómo frenar el ascenso. No había margen para errores, y cada segundo perdido era una sentencia de muerte para aquellos atrapados en la isla, condenados bajo el peso de la guerra y la furia del dios.

Bajo la implacable luz del mediodía, la ciudad de Gracia era un infierno desbordado. La estructura misma de la urbe se desgajaba bajo el peso de la guerra, el pavimento cubierto de polvo, sangre y restos de una batalla que apenas comenzaba. En las calles, Psilocyb lideraba a los Extraños desde el suelo, su Casco-escudo bloqueando los ataques de los Jinetes Sin Cabeza, criaturas infernales que avanzaban con una precisión mecánica y una sed de muerte incontenible. La batalla era suya, y Psilocyb repartía golpes letales, derribando uno tras otro mientras su mirada se oscurecía con cada enemigo abatido. Lady Fire, a su lado, invocaba ráfagas solares, aniquilando a decenas de esos espectros en estallidos cegadores, reduciéndolos a cenizas flotantes que se mezclaban en el aire como un presagio de derrota.

Entonces, Ares-Marte apareció. Descendió con una arrogancia que hacía hervir el ambiente a su alrededor. Flotaba a unos metros del suelo, su rostro marcado por el odio y la satisfacción de un cazador. Detrás de él, su ejército de Jinetes Sin Cabeza aguardaba en silencio, un oscuro bosque de siluetas, sus monturas exhalando alientos gélidos que helaban el corazón de los civiles que aún se aferraban a la esperanza de sobrevivir. La voz del dios resonó como un trueno:

—No vais a sobrevivir, patéticos mortales. Y hablando de supervivientes… ¿dónde está ese encantador jovencito vuestro? ¿Dónde está Gato? —El nombre flotó en el aire, llenando a los héroes de una furia sorda.

En un acto instintivo, Psilocyb, Lady Fire, Hércules y Terra se reagruparon. Conocían bien el peligro y también que este era el momento de arriesgarlo todo. La batalla estalló con una brutalidad que sacudía el suelo. Lady Fire invocó el fuego infernal de sus entrañas, lanzando ráfagas ardientes que iluminaban el rostro imperturbable de Ares-Marte. Yrihan atacaba desde el aire, una sombra de pura energía lanzando descargas De Magia De Neón que caían como relámpagos sobre el dios. Psilocyb avanzaba, su escudo interceptando los golpes de las hachas de los Jinetes y las embestidas de Ares-Marte. Con precisión mortal, lanzó el escudo hacia la cabeza del dios de la Guerra, pero su cuerpo era impenetrable, inhumano en su resistencia. Ares-Marte apenas retrocedió, y, con una fuerza espantosa, golpeó a Lady Fire, enviándola volando contra una pared en ruinas, los ladrillos quebrándose bajo el impacto.

Sin darle un respiro, se volvió hacia Terra. Con un movimiento brutal, la agarró del pelo y la lanzó contra el suelo, como un muñeco de trapo. El sonido de los huesos al golpearse contra el pavimento fue absorbido por el eco de la batalla, mientras Terra se debatía para incorporarse, la sangre brotando de una herida en su frente.

Bajo tierra, Medusa, Replikate, Gato y Ackolyt permanecían atrapados, la oscuridad de su encierro ahogada por el eco sordo de los golpes en la superficie. Las sacudidas provocadas por Ares-Marte abrieron una brecha mínima. Gato aprovechó el momento para deslizarse fuera de las ruinas, reptando por el angosto espacio hasta que finalmente respiró el aire de la superficie. Tras él, Replikate intentó seguirle, pero la estructura cedió; piedras y escombros la atraparon, y el derrumbe selló a Ackolyt y Medusa al otro lado. Plata, al percibir el cambio en la energía, sintió la presencia de sus compañeros y corrió en su auxilio, sus pensamientos concentrados en liberar a los suyos antes de que todo quedara en ruinas.   Plata sintió el peso de los escombros en su mente como si cada piedra y pedazo de metal estuviera incrustado en sus propios huesos. Concentrándose, dejó que su telequinesis los rodeara, sintiendo el caos de la estructura derrumbada de la escuela Destiny. El polvo espeso le irritaba los ojos, la tensión le quemaba el cráneo, pero no podía detenerse. Había vidas atrapadas bajo esa montaña de ruinas, vidas que aún palpitaban débilmente.

Bajo toneladas de vigas retorcidas y muros colapsados, Medusa, Replikate y Ackolyt yacían casi inmóviles, con sus cuerpos atrapados en una trampa mortal de cemento y hierro. Los sonidos de sus respiraciones se perdían en la neblina de polvo y eco. Medusa, con apenas fuerzas para moverse, podía sentir que su cuerpo empezaba a desfallecer, cada latido era un recordatorio de que el tiempo se les estaba acabando. Replikate, por su parte, luchaba por mantener la cordura,. Ackolyt, con su cuerpo casi colapsado bajo los escombros, intentaba mantenerse consciente, pero el dolor lo arrastraba hacia una oscuridad cada vez más profunda el estaba herido de gravedad. 

Entonces, entre la desesperación y el silencio, todos sintieron una vibración leve, como una corriente invisible que comenzaba a apartar los restos a su alrededor. De pronto, vigas pesadas y muros de concreto se movían, deslizándose de manera antinatural, empujados por una fuerza externa. Plata estaba allí, con los dientes apretados, las venas marcándose en sus sienes, cada músculo de su cuerpo tenso como una cuerda a punto de romperse. La telequinesis no era sólo una herramienta para Plata; en ese momento era un acto de pura voluntad, un desafío directo a la muerte.

Poco a poco, los escombros fueron alzándose, como si obedecieran al llamado silencioso de Plata. El proceso era lento, agonizante, y cada segundo contaba. Al fin, un rayo de luz alcanzó el rostro de Medusa, bañándola en un tenue resplandor que iluminaba la suciedad y la sangre en su rostro. Logró girarse apenas, y allí, entre las sombras y el polvo, vio a Plata, sus ojos ardiendo con una determinación feroz.

Uno a uno, Plata extrajo a sus compañeros de aquella tumba improvisada. Con una delicadeza insólita, utilizó su poder para levantar a Replikate, y luego a Ackolyt, cuyo cuerpo se había quedado casi sin fuerzas. Medusa, con la mirada fija en Plata, dejó escapar un suspiro al verse libre del peso mortal que la había atrapado.

—Aún no es hora de que muramos aquí —murmuró Plata, su voz baja y rota, mientras los rodeaba con su energía, envolviéndolos como un escudo que los protegería de cualquier otro derrumbe.

Los héroes, maltrechos y cubiertos de polvo, miraron alrededor, la devastación a su alrededor un recordatorio brutal de lo que estaba en juego. Pero en sus ojos había una chispa de vida, de fuerza renovada. Habían sido rescatados del borde de la muerte, y ahora, con Plata guiándolos fuera de las ruinas, sabían que volverían a la batalla, más decididos y más implacables que nunca.

-Ares-Marte esta aquí, dijo Plata, 

Llevare a Ackolyt a lugar seguro, Medusa ve con Plata, yo os alcanzo Luego, dijo Replikate. 

Mientras tanto, Hércules había alcanzado nuevamente a Ares-Marte. Los puñetazos de Hércules caían como martillos sobre su medio hermano, sus golpes un estruendo metálico que resonaba en las ruinas. Ares-Marte retrocedía, tambaleante, pero su fuerza se mantenía intacta, una rabia pura y despiadada reflejada en sus ojos. Morgana, observando la destrucción y sintiendo una furia abrasadora dentro de ella, no pudo contenerse. Con un grito de desesperación, extendió los brazos y manipuló las partículas a su alrededor; los escombros respondieron a su poder y, como armas improvisadas, fueron arrojados contra Ares-Marte y sus espectros sin descanso. Los Jinetes Sin Cabeza cayeron uno tras otro, aplastados bajo el peso de bloques de piedra que Morgana lanzaba con precisión mortal.

Pero el dios no caería tan fácilmente. Su presencia seguía siendo un recordatorio de la guerra, un poder inmortal que consumía todo a su alrededor con una hambre de destrucción infinita. La batalla apenas empezaba, y cada héroe sabía que cualquier error, cualquier vacilación, se pagaría con el precio más alto.

Shakara con su super velocidad, era una sombra mortal entre las filas de los Jinetes Sin Cabeza. A medida que se deslizaba entre ellos, sus dedos tocaban las carnes espectrales y en su piel sin vida estallaban descargas eléctricas tan intensas que el olor a ozono se mezclaba con un hedor pútrido, espeso. El grito de las criaturas era mudo, como si el horror mismo les hubiese arrancado la voz en el momento de su muerte; caían al suelo en espasmos violentos, retorciéndose en una agonía sin sonido. Cada paso de Shakara era una danza de muerte precisa, oscura. 

Mientras él desataba el caos en la línea del frente, Gato apareció. Su rostro reflejaba una rabia contenida, una furia en los ojos que parecía rebasar la simple sed de batalla. Con el cristal blanco en sus manos, ya que sus poderes estaban anulados,  todavía débil pero eficaz, aplastaba a sus enemigos con una brutalidad que dejaba una estela de huesos rotos y carne desgarrada. Las armas del enemigo no significaban nada para él. Al toque del cristal, las armaduras de los Jinetes Sin Cabeza se hacían añicos, y sus cuerpos se desintegraban como si estuvieran hechos de polvo maldito.

En otro sector de la ciudad flotante, el caos era total. La desesperación de los civiles colgaba en el aire como una bruma pesada, impregnada del miedo primitivo de una humanidad al borde de la aniquilación. Wonder-Guy y Rain, envueltos en una especie de determinación sombría, se encargaban de evacuar a los supervivientes. Los gritos de madres que buscaban a sus hijos y los rostros de los ancianos que temían que sus vidas acabarían en esa maldita ciudad hacían que el peso de la misión fuera insoportable. Wonder-Guy apenas dejaba espacio para sus propias emociones, concentrado únicamente en la tarea de poner a salvo a cuantos pudiera antes de que todo colapsara.

A unos metros de ahí, Medusa tensaba su arco con una precisión casi sobrehumana. Su mirada era fría, y el arco vibraba como si conociera la misión mortal de cada flecha. Los Jinetes Sin Cabeza caían a su alrededor, víctimas de sus disparos letales. Pero entonces vio a un niño pequeño, paralizado por el terror, sus ojos inmóviles en medio de la multitud en fuga. Sin pensarlo, Medusa corrió hacia él, arrastrándolo hacia los puntos de evacuación mientras los escombros llovían como cuchillas de piedra y metal a su alrededor. A su paso, dejaba cuerpos de espectros perforados, sus formas desvaneciéndose en una neblina de desesperación.

No lejos de allí, Hidra peleaba cuerpo a cuerpo, su furia personal desatada. Sus Hydras atacaban con una ferocidad salvaje, despedazando a los Jinetes Sin Cabeza en una orgía de sangre y caos. Ella coordinaba los movimientos, una líder en medio de una escena infernal, manteniendo a los civiles alejados del desastre. La desesperación parecía infectar cada rincón de la ciudad, y ella misma estaba cerca de su límite, pero en sus ojos brillaba una oscura resolución: ninguno de esos malditos iba a tocar a los inocentes mientras ella estuviera allí.

En el epicentro del desastre, Ares-Marte rugía. El dios de la guerra, herido por la fuerza combinada de los Extraños, se tambaleaba levemente, pero sus ojos ardían con una furia casi inhumana, una ira que amenazaba con consumirlo. Se escuchó un grito de rabia desgarrador, y con un gesto despiadado, Ares-Marte lanzó una oleada de energía destructiva. La tierra se partió, el suelo se levantó como si tuviera vida propia, y todo alrededor fue envuelto en una ráfaga de energía que olía a muerte, a desesperación pura.

Desde lo alto, Yrihan observaba el núcleo mágico, la energía que mantenía la ciudad en el aire. Sabía lo que tenía que hacer. Sin tiempo para vacilaciones, voló hacia el núcleo, sobrecargando el sistema con una explosión de energía pura, tratando de detener el ascenso. La estructura crujía y gemía bajo el peso de las fuerzas místicas, mientras la ciudad entera vibraba como si estuviera al borde de caer en picado hacia la muerte. Pero Yrihan es consciente que su poder no será suficiente. 

Hércules, Lady Fire y Shakara avanzaron como sombras vengativas, envolviendo a Ares-Marte en un asedio feroz, implacable, sin tregua. La intensidad de sus ataques se acumulaba, golpe tras golpe, transformando el aire en una sinfonía de crujidos y rugidos. Cada puñetazo de Hércules sonaba como el eco de un trueno distante, cada llamarada de Lady Fire crepitaba con una furia tan ardiente que el aire parecía temblar. Y en medio del caos, Shakara se movía con la precisión letal de un relámpago, un espectro cargado de electricidad, lanzando descargas que atravesaban la carne divina de Ares-Marte, desgarrando su carne y su orgullo.

Ares-Marte, el dios de la Guerra, comenzó a tambalearse. La sangre, espesa y oscura, manaba de sus heridas abiertas, bañando el suelo a sus pies. La imponente figura del dios se tornaba frágil, su poder parecía agotarse, y sus pasos, que en otro tiempo habrían resonado como martillazos, eran ahora apenas sombras de lo que fueron. Intentó retroceder, pero antes de poder tomar impulso para escapar, Hércules se le plantó enfrente, inamovible. Sus miradas se encontraron en una colisión de odios y desprecio mutuo.

Ares-Marte dejó escapar una risa rota y áspera, cargada de un veneno ancestral, mientras un hilo de sangre negra le caía por la comisura de los labios.  

—¿Vas a defenderlos? ¿A esos parásitos que llaman humanidad? Solo saben devorar y destruir. —Su voz era un eco cruel, un susurro de condena que parecía colarse en las grietas de los huesos, invocando la verdad oscura que se hallaba en el fondo del alma de cada humano.

Hércules lo observó en silencio, una calma despiadada en sus ojos, una furia contenida que bullía bajo la superficie. Con una fuerza implacable y mortal, sujetó el brazo de Ares-Marte.  

—La humanidad es imperfecta, sí… —su voz se endureció, una sentencia final—. Pero aún merece una oportunidad.

La tensión se rompió en un instante, y el grito de dolor de Ares-Marte atravesó el campo de batalla como un alarido infernal. Hércules, imperturbable, lo miró mientras le arrancaba el brazo, y la sangre del dios brotó en un torrente oscuro, empapando el suelo con un hedor a muerte. No bastaba con un solo brazo. Con una mirada fría y fija, Hércules comenzó a desmembrarlo, cada nuevo desgarro seguido de un estallido de sangre que manchaba su piel, sus manos y su alma.

Mientras la figura destrozada de Ares-Marte caía, un estremecimiento recorrió la capital de Isla De Gracia. La batalla parecía haber terminado, pero el peligro seguía latente. La ciudad flotante tembló como si un suspiro de desesperación la recorriera. Sus cimientos mágicos se desmoronaban, y todo lo que Ares-Marte había planeado parecía culminar en una última catástrofe.

El núcleo mágico oscilaba, un pulso ardiente que amenazaba con devorar la ciudad en llamas. Los escombros flotaban a su alrededor, levitando de forma inquietante mientras el vórtice giraba, inestable y letal. Lady Fire junto a Yrihan no dudaron, lanzándose hacia el centro de aquel caos como dos centellas desesperadas. Sus poderes se entrelazaron: la ciberMagia de Yrihan se vertía en el núcleo con una precisión quirúrgica, su cuerpo temblando por el esfuerzo, mientras Lady Fire proyectaba murallas de llamas que envolvían la ciudad en una capa de protección incandescente. A cada segundo, la presión aumentaba, el vórtice amenazando con liberarse y engullirlos a todos.

Pero no fue suficiente. La fuerza de aquel poder antiguo era un monstruo indomable, y el núcleo luchaba, rugía como una bestia. Y fue entonces cuando Plata llegó, percibiendo el caos desde la distancia. Con un destello sombrío en los ojos, levantó los brazos, sus manos temblorosas aferrando el aire como si pudiera atrapar la misma esencia de la ciudad. Su telekinesis, poderosa y precisa, fue el tercer pilar de contención, estabilizando la ciudad flotante con un esfuerzo tan imponente que el mismo aire pareció contener la respiración.  

La gravedad finalmente cedió a su poder combinado. Con una inclinación controlada, la ciudad comenzó a descender hacia el agua, lenta y casi solemne. Los héroes apenas contenían sus fuerzas, sus rostros contraídos en una mueca de esfuerzo y dolor mientras el abismo cedía a su poder. La marea rugió al recibir la estructura descomunal; el impacto fue brutal, enviando olas colosales a su alrededor, pero el desastre apocalíptico que Ares-Marte había planeado no se desató.

Silencio. La ciudad descansaba sobre el agua como una bestia herida, temblando en medio de la espuma, pero quieta. Fue en esa quietud, apenas contenida, cuando una voz rompió el silencio.

     Era FireBird, su tono firme y oscuro resonando por los comunicadores, con un toque de urgencia contenido.  

—La Escuela Destiny…. Se aproxima un Nuevo azote enemigo.

CONTINUARÁ 

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