EL JUICIO DE HERACLES ….
En el capítulo anterior, Gato es el actual usuario de la Magia Prohibida de Medusa, lo cual va en contra de las leyes de los dioses del Olimpo. Los dioses acuden a la escuela Destiny para llevar a Gato ante Zeus y juzgarlo. Gato argumenta que Medusa fue injustamente castigada, expulsada y asesinada, y que los dioses son los verdaderos monstruos.
Ante la tensión creciente, Azael insta a Ackolyt a sacar a Gato de la escuela y buscar a Ahura. Mientras tanto, en un enfrentamiento en la escuela Destiny, Azael, FireBird/Maul, Génesis, Trinithy y Morgana se enfrentan a los tres dioses del Olimpo: Neptuno, Hermes y Atenea. A pesar de la resistencia, los dioses se desvanecen, dejando a los defensores frustrados.
Ackolyt y Gato son teleportados a un lugar desconocido, revelado como el planeta Edén. Allí, encuentran a otros Pequeños Extraños y descubren que están en el planeta donde Ahura ostenta el título de rey. Kaavan anuncia que están en Edén.
En el Olimpo, los dioses informan a Zeus sobre los eventos en la Escuela Destiny. Zeus decide tomar medidas para restaurar la armonía divina y llama a su hijo Heracles para que se una a la tarea.
En Edén, los niños se aventuran hacia Ahura, guiados por Roque y Kaavan. Se revelan conversaciones entre los personajes sobre las relaciones románticas entre Azael y Gato, así como entre Hidra y Maul. A pesar de los desafíos, todos disfrutan de las aventuras legendarias.
En la Tierra, Titania y Colmena intentan convocar a los telépatas para localizar a los Pequeños Extraños, pero el intento falla. En Edén, Ahura explica la dificultad de intervenir directamente entre los dioses y Gato. Iconologyst señala las distorsiones en la realidad.
De regreso a la Tierra, en Santorini, Heracles es alcanzado por un rayo y desaparece. En Edén, Gato también es alcanzado, pero Viper-Cat logra saltar dentro de la luz antes de que desaparezca. Ackolyt revela que Gato está en el Olimpo.
En la Escuela Destiny, se convoca a una asamblea telepática con diversos personajes. Se revela que Gato está encerrado en el Olimpo junto a Heracles, quien confiesa haber traicionado al Olimpo y se puso del lado de los Naamáns.
Heracles y Gato esperan su juicio por Zeus, y está claro que no es un Dios justo.
---- En el imponente salón del Olimpo, donde la majestuosidad divina se mezclaba con la solemnidad de la justicia, se llevó a cabo el juicio de Heracles. Los dioses olímpicos, tan inmortales como arbitrarios, actuaban como jurados, con Zeus presentándose como la acusación misma. La sala resonaba con la trascendentalidad del momento, mientras Heracles enfrentaba su destino.
Zeus, el dios supremo, se erigía con la autoridad de un juez severo, acusando a Heracles de traición a los dioses al ponerse del lado de los "mortales". En un giro inesperado, los jueces designados eran entidades cósmicas imparciales: La Parca, Destino y Anubis, el dios egipcio de la balanza y la justicia. La elección de Anubis añadía un matiz de imparcialidad a un juicio que se avecinaba tumultuoso.
Heracles, con la entereza que solo alguien marcado por la tragedia puede poseer, alegaba su traición como una respuesta a las maquinaciones de Hera, la diosa que lo había manipulado hasta el punto de matar a su propia familia. Relató la amarga ironía de sus Doce Trabajos, donde él mismo se convirtió en la causa de muerte y sufrimiento, especialmente para Equidna y su prole. Hasta el punto en el que Heracles tuvo que dejar en Cointa a petición de ella misma, a Equidna para lograr sus favores y su perdón. En el que la Madre Monstruo y él tuvieron trillizos.
Heracles cuenta su historia;
En un cruel episodio desencadenado por la malicia de Hera, fui víctima de una locura descontrolada que me llevó a cometer actos inimaginables. La diosa, en su interminable resentimiento por la infidelidad de Zeus y mi origen como hijo de este y una mortal, provocó que mis propias manos acabaran con la vida de mi amada esposa, mis hijos y dos de mis sobrinos. Esta tragedia, urdida desde mi nacimiento, marcó el inicio de una vida atrapada entre los hilos de la venganza divina.
Desde mi más tierna infancia, fui blanco de la enemistad de Hera. Su celosía hacia mi existencia como prueba de la infidelidad de Zeus la llevó a orquestar eventos que sellaron mi destino. La constante sombra de Hera guió mis acciones, convirtiéndome en un peón en sus retorcidos juegos cósmicos.
Mi búsqueda de redención y purificación me llevó al oráculo de Delfos, donde la sibila délfica me encomendó los doce trabajos impuestos por Euristeo. Estos desafíos, concebidos de manera injusta por quien había usurpado mi legítimo derecho a la corona micénica, se convirtieron en la penitencia que debía afrontar.
1. Matar al león de Nemea.
2. Matar a la hidra de Lerna.
3. Capturar a la cierva de Cerinea.
4. Capturar vivo al jabalí de Erimanto.
5. Expulsar a las aves del Estínfalo.
6. Domar al toro de Creta.
7. Limpiar los establos de Augías.
8. Robar las yeguas de Diomedes.
9. Robar el cinturón de Hipólita.
10. Robar el ganado de Gerión.
11. Robar las manzanas doradas del jardín de las Hespérides.
12. Raptar al perro de Hades Cerbero.
Uno de estos trabajos me condujo al encuentro con Equidna, una criatura mitad mujer y mitad serpiente. En una noche envuelta en sombras, mientras perseguía los bueyes de Geríones, me encontré con ella. En un oscuro pacto, sellamos un trato que cambiaría el destino de su prole y mi relación con los reinos escitas.
Durante nuestro encuentro, Equidna y yo nos vimos envueltos en un conflicto que desembocó en una feroz pelea.
Yo Heracles Supliqué su perdón, el perdón de la Madre de los Monstruos, por la tragedia que le había causado al matar a sus propios hijos. En un acto de compasión, Equidna me prometió su perdón, siempre y cuando concibiera hijos con ella. Este acuerdo, forjado en el crisol de la tragedia y la posibilidad de un nuevo comienzo, marcó una etapa crucial en mi vida.
Mi existencia, desde la infancia marcada por la ira divina hasta la búsqueda constante de redención, y ver todo el mal que he causado por culpa de los dioses es lo que me a llevado a ponerme de parte de los mortales.
----------
En un giro de los acontecimientos, Heracles cuestionó la justicia de los dioses, destacando su indiferencia hacia la vida de los seres, mientras ellos mismos fomentaban la tragedia. Se preguntó si no era más sensato estar del lado de los mortales y monstruos que sufrían las consecuencias de los caprichos divinos.
La reacción de los dioses ante la argumentación de Heracles fue variada. Neptuno, Atenea y Apolo se alzaron en su contra, mientras que Helios y Ares sorprendieron a todos al respaldar la posición del semidiós. Las murmullos en la sala del juicio reflejaban la tensión y la sorpresa ante el giro de Ares, conocido por su feroz lealtad a los dioses.
El jurado, compuesto por La Parca, Destino y Anubis, decidió someter a Heracles a la prueba del corazón y la Pluma de Anubis, un examen que revelaría la verdadera naturaleza de su alma. La sala quedó en silencio mientras el juicio alcanzaba su momento culminante. se desplegó la prueba de Anubis para juzgar la verdadera naturaleza del alma de Heracles. El escenario estaba iluminado por una luz tenue y misteriosa, mientras Anubis, con su presencia imponente y enigmática, preparaba los elementos de la evaluación.
Ante Heracles se alzaba una balanza divina, sostenida por las manos habilidosas de Anubis. En un platillo descansaba un corazón resplandeciente, emanando un fulgor celestial, mientras que en el otro se hallaba la Pluma de Anubis, una pluma etérea que capturaba la esencia de la verdad y la integridad.
La atmósfera estaba cargada de expectación y un silencio solemne se apoderó de la escena. Anubis, con ojos que parecían penetrar las capas más profundas del alma, invitó a Heracles a acercarse. El semidiós, con la mirada firme pero llena de la pesadez de sus experiencias, se sometió al escrutinio divino.
Anubis posó la Pluma de Anubis sobre el corazón resplandeciente, iniciando el delicado proceso de evaluación. La pluma, más liviana que el aire pero imbuida de un poder cósmico, respondió a la verdadera esencia del corazón de Heracles. Cada latido, cada suspiro, era sometido a un juicio divino que trascendía las apariencias.
La sala quedó sumida en un suspenso palpable, mientras la balanza oscilaba sutilmente. Los dioses, observando con atención, eran testigos de la prueba que determinaría el destino de Heracles. La Pluma de Anubis, símbolo de imparcialidad y verdad, captó la esencia de Heracles, revelando no solo sus acciones pasadas, sino también su sincera búsqueda de redención.
Finalmente, la balanza se estabilizó, y un suspiro colectivo recorrió la asamblea divina. Anubis, con solemnidad, anunció el veredicto: el corazón de Heracles, aunque marcado por tragedias y errores, mostraba una sincera aspiración hacia la redención y la justicia. Heracles, en ese momento, fue declarado inocente de la traición a los dioses.
Después de la evaluación divina, el jurado declaró a Heracles inocente de la traición. Sin embargo, Zeus, en su empeño por mantener el control, dictaminó una sentencia que resonaría en el Olimpo y más allá: Heracles perdería todos sus poderes olímpicos en trece días.
El veredicto resonó en la sala, dejando a los dioses y a Heracles en un momento de reflexión. La justicia divina, a menudo incomprensible, había hablado, pero el destino del semidiós estaba lejos de estar sellado. En ese salón celestial, donde los dramas divinos se entrelazaban con las tragedias de los mortales, se gestaba un cambio que sacudiría los cimientos del Olimpo .
No pasó mucho tiempo hasta que trajeron a Gato para ser juzgado.
El salón del juicio resonaba con la majestuosidad de los dioses y la solemnidad de las entidades cósmicas. Gato, abrumado por la presencia de tantas divinidades, reconocía perfectamente a los tres jueces que dictarían su destino. Sin embargo, la mirada reconfortante de Anubis le transmitía cierta calma,
Cuando Gato fue conducido al atril de los acusados, la atmósfera se cargó de expectación. Los ojos de los dioses se posaron sobre él, y Gato, aunque sintiendo la presión, se mantenía firme. Fue entonces cuando la Pluma de Anubis, inusualmente inquieta, se liberó de la balanza divina y voló directamente hacia él.
La pluma, en un movimiento que desafiaba las leyes cósmicas, se posó detrás de Gato, como si hubiera encontrado un lugar predestinado. La sala quedó en un silencio intrigado, y todos los presentes, desde los dioses hasta las entidades cósmicas, compartían un gesto de sorpresa.
En ese momento, la Parca, con su semblante enigmático, se dirigió a Gato. "Me alegra volver a verte", expresó con un tono que sugería una conexión más allá de las formalidades del juicio. Gato, sintiéndose extrañamente reconfortado, asintió con la cabeza y le guiñó un ojo en señal de complicidad.
Antes de que la sorpresa pudiera ser procesada por los presentes, la sala fue testigo de la entrada majestuosa de Selene. Su presencia irradiaba una autoridad que eclipsaba incluso a los dioses del Olimpo. Con determinación, proclamó: "Este juicio no se celebrará sin mí. Yo soy la defensa del acusado."
El anuncio de Selene resonó en la sala, y todos los ojos se dirigieron hacia ella. La Titánide-Diosa Hada de la Luna, con su aura celestial, se preparaba para ser la voz que defendería a Gato en este juicio celestial.
el destino de Gato pendía en el delicado equilibrio entre la justicia divina y las fuerzas que se desplegaban en el Olimpo.
CONTINUA EN EL PRÓXIMO CAPÍTULO
No hay comentarios:
Publicar un comentario